
Aquí está, damas y caballeros, la mayor obra maestra de Kitano.


Es, además, la película más bella visualmente hablando que he visto en mi vida. Y es que es, entre otras cosas, un regalo para la vista. Tiene una fotografía absolutamente maravillosa y recorre Japón durante las 4 estaciones captando preciosísimos paisajes mientras cuenta 3 historias de amor que se entrecruzan.
La primera de ellas habla de Matsumoto y Sawako (si no recuerdo mal los nombres, la vi por última vez hace un par de años), que caminan atados por todo Japón ya que ella se ha vuelto autista tras intentar suicidarse porque él la abandonó para casarse con otra. No lo hizo por amor sino por obligación, y al enterarse de ello planta a la novia en el altar, vuelve a por Sawako, la saca del hospital y como ella lo único que quiere es caminar, la ata a un extremo de una cuerda, se ata a sí mismo el otro y la acompaña. A la vez, vemos flashbacks de cuando estaban juntos.
La segunda es sobre un jefe Yakuza y su exnovia de cuando era joven. Se reunían en un parque al que ella le llevaba la comida todos los sábados. Él la abandonó para progresar como yakuza y ella le dijo que seguiría yendo todos los sábados con la comida hasta que él volviera. Vuelve 40 años después y ahí está la señora.

En la tercera, un fan de una cantante pop está dispuesto a todo con tal de conocerla. Ella tiene un accidente de tráfico que le desfigura la cara y no quiere que nadie la vea, así que él, con tal de poder estar con ella, se hiere los ojos para quedarse ciego y que le admita a su lado aunque sea sólo durante un rato.
Lo que he puesto en blanco no cuenta nada del final de las historias, pero si alguien no quiere saber con detalle lo que ocurre en ellas, que no lo lea. Como veréis quienes lo hayáis leído, son tristes. Tristes y preciosas.
La película está rodada y montada con un ritmo deliberadamente lento, pero no es malo para nada ya que así puedes deleitarte contemplando en todo su esplendor la belleza de las imágenes que Kitano ha tenido la maestría de colocar ahí y la de las propias historias.
No es para todos los paladares, pero quien sepa apreciarla como se merece, al igual que yo, se encontrará ante algo indescriptible, inenarrable y maravilloso.
Un 10.