Tras la hilarante historia de la caja del televisor le toca el turno a la tubería del campamento. En su momento fue algo muy embarazoso pero me alegro de que ocurriera porque me he reído muchísimo contándolo más adelante.
No recuerdo cuándo fue exactamente, pero debía de ser yo por aquel entonces un joven imberbe de unos 13 o 14 años y estaba en un campamento del colegio. El campamento duraba dos semanas y uno de ellos era el día de padres. Básicamente consistía, como imaginaréis o sabréis, en que los padres de los que estábamos allí podían ir a pasar un día con nosotros, llevarnos por ahí a un buen restaurante para librarnos por un día de la basura que nos daban y tal.
Pues bien, mis padres no llegaban y ya estaban allí casi todos los demás. Estaba yo ahí impaciente con un amigo y sus padres en una explanada cuando el padre de mi amigo, quizá un poco inquieto por la tardanza de los míos, me pregunta si mi padre tiene móvil (cómo pasa el tiempo, ahora directamente preguntaría si sé el número), le digo el número, llama y cuando cuelga me dice que ya han llegado y están entrando en el campamento.
Subo corriendo por unas escaleras que llevan a un camino, a uno de cuyos lados se encontraban las casuchas donde dormíamos, por el que llegan los coches......... ¡y me encuentro con que al lado del coche de mis padres hay un géiser de 5 o 6 metros de altura, con toda el agua cayéndole encima!
Ovbiamente, flipé.
Cuando ya hubieron aparcado y se apearon del coche me dijeron que habían golpeado una tubería, pero la cosa quedó entre nosotros.
Más tarde, cuando íbamos a marcharnos a comer, estábamos mi madre y yo a la entrada del campamento esperando a mi padre, que había ido a por el coche. Entonces nos aborda un monitor que era cura (y digo bien al decir "era" porque años más tarde colgó los hábitos para fugarse con una señora xD) y entabla conversación con mi madre. Al poco rato sale el tema de la tubería y dice (lo recuerdo como si fuera ayer) "...porque esto lo ha hecho uno de los nuestros y se lo ha callado." Mi madre se hacía la sueca, claro, mientras el hombre seguía "¿No podían tener un poco de sinceridad y reconocerlo? No pasa nada, es un accidente...... mire, creo que ha sido ese señor que viene por ahí, porque me han contado que fue un mercedes". Por supuesto, "ese señor que viene por ahí" era mi padre, y a mi madre no se le ocurre otra cosa que decir "vaya, pues es mi marido, a lo mejor hemos sido nosotros y no nos hemos dado cuenta".
XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD. No sé cómo conseguí no mearme de la risa allí mismo, pero el caso es que lo logré. Eso sí, la de veces que me he reído después contándolo no tiene precio. Y las que quedan.
Por cierto, el cura flipó con la respuesta de mi madre, por supuesto.
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viernes, 25 de abril de 2008
miércoles, 5 de marzo de 2008
Anécdota graciosa de mi vida nº1
Yo siempre me he caracterizado por tener una memoria prodigiosa. A menudo recuerdo cosas que ocurrieron hace muchísimo tiempo y ninguno de los otros implicados se acuerda de ello. Se ve que mi misión en esta vida es que todas esas anécdotas no caigan en el olvido. Sería injusto por mi parte no compartirlas con el mundo, así que allá va una de ellas:
Corría el año de nuestro señor de 1992, quingentésimo aniversario del descubrimiento de América, cuando mis padres compraron un televisor enorme para el salón (aún sigue ahí). Por aquel entonces contaba yo con 7 primaveras y volvía a casa tan feliz con mi hermano, de 10 años. Al llegar, estaba la caja de la tele a la puerta y me dijo mi hermano que me metiera dentro y él diría a mis padres que no me encontraba, me había perdido y no sabía dónde estaba. A mí, por supuesto, a tan tierna edad eso me pareció de lo más divertido y me metí en la caja raudo y veloz cual correcaminos huyendo del coyote. Desde dentro casi no me podía aguantar la risa cuando oía a mi hermano llamando al timbre y la puerta abriéndose. Al poco rato se vuelve a abrir, salen y dice mi padre "bueno, vamos a tirar esta caja al camión de la basura" y salgo yo gritando "¡no, no me tiréis, no me tiréis, que estoy aquí!" para, acto seguido, ver a mi hermano desternillándose se risa.
¿Se le ocurrió la broma al ver la caja cuando llegábamos? ¿Llevaba tiempo planeándolo? Nunca lo sabré, porque ni siquiera recuerda que haya ocurrido, pero en cualquier caso me sorprende que una cabecita de sólo 10 años de edad sea capaz de maquinar semejante crueldad.
Corría el año de nuestro señor de 1992, quingentésimo aniversario del descubrimiento de América, cuando mis padres compraron un televisor enorme para el salón (aún sigue ahí). Por aquel entonces contaba yo con 7 primaveras y volvía a casa tan feliz con mi hermano, de 10 años. Al llegar, estaba la caja de la tele a la puerta y me dijo mi hermano que me metiera dentro y él diría a mis padres que no me encontraba, me había perdido y no sabía dónde estaba. A mí, por supuesto, a tan tierna edad eso me pareció de lo más divertido y me metí en la caja raudo y veloz cual correcaminos huyendo del coyote. Desde dentro casi no me podía aguantar la risa cuando oía a mi hermano llamando al timbre y la puerta abriéndose. Al poco rato se vuelve a abrir, salen y dice mi padre "bueno, vamos a tirar esta caja al camión de la basura" y salgo yo gritando "¡no, no me tiréis, no me tiréis, que estoy aquí!" para, acto seguido, ver a mi hermano desternillándose se risa.
¿Se le ocurrió la broma al ver la caja cuando llegábamos? ¿Llevaba tiempo planeándolo? Nunca lo sabré, porque ni siquiera recuerda que haya ocurrido, pero en cualquier caso me sorprende que una cabecita de sólo 10 años de edad sea capaz de maquinar semejante crueldad.
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